lunes 27 de abril de 2009
He leído que una taiwanesa intentó suicidarse rociándose con gasolina en la calle y, ya empapada, comprobó que había olvidado el encendedor. Pidió fuego a un transeúnte que la observaba y el hombre se excusó muy orientalmente: "Lo siento, no fumo". La providencia es caprichosa. Si este buen hombre hubiese fumado, tengo la seguridad de que hubiese regalado una cerilla a aquel prototipo de antorcha. La moraleja es que el tabaco puede matar de diversas formas. A mí por ejemplo me matan quienes no permiten fumar a una milla náutica de ellos. Suelen ser conversos de última generación que envidian el indudable placer de encender un cigarrillo tras una comida agradable. Muchas veces les he observado masticando con desgana y renunciando al café para amortiguar el deseo. Pobres diablos. Esto me recuerda que he terminado el paquete de cigarrillos, son las tres de la madrugada y está prohibido buscar un 24 horas tras el toque de queda. Creo que voy a suicidarme porque yo al menos tengo cerillas.

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