LO CONFUSO
martes 18 de agosto de 2009
Una conductora halló a un bebé gateando en un cruce de Cleveland (Ohio) hace algunos días. Intuimos una carretera poco transitada o, más probablemente, un barrio residencial modesto hasta que la mujer se topa con una figura menuda y encorvada que sigue disciplinadamente la línea continua del asfalto. Entonces frena dando un respingo, baja del coche y se abalanza sobre el bebé como sólo las mujeres saben abalanzarse sobre los bebés, extraviados o no. Más tarde llegan las explicaciones: un albañil olvida cerrar la puerta de la casa donde está realizando unas obras menores, la madre cree que su hijo mayor cuida del benjamín mientras ella se ducha y el hijo mayor piensa que nada puede ocurrir ya que su hermanito parece muy atareado examinando un vaso de plástico. Sin embargo, el pigmeo lactante ha terminado de comprender que un vaso sólo es un vaso y de repente descubre la puerta misteriosa. La franquea con decisión, cubierto apenas por el pañal y los ojos iluminados por la excitación. Cruza el jardín y entonces le sorprenden los coches que pasan frente a la casa. Decide perseguirlos e improvisa un plan rudimentario: esa línea debe de conducir a alguna parte. Se interna en la jungla hasta que la peripecia se desvanece unos metros más allá, en un cruce solitario frecuentado por seres fantásticos. La aventura de este bebé es en realidad una alegoría de la existencia. También un homenaje a gestas medievales acerca de doncellas raptadas, cavernas misteriosas y monstruos voraces. Por último, todo se parece sospechosamente a las primeras escenas de “El peque se va de marcha”, una agradable comedia cuyo protagonista de un año esquiva con éxito a tres mafiosos, el tráfico en hora punta de Nueva York, la noche invernal y a los inquilinos del pabellón de simios del zoo. Esto me ratifica en la comparación con las imposibles hazañas de Perceval, Amadís o Beowulf. Lo más probable es que la madre y el albañil estuvieran jugando al juego más antiguo y el hijo mayor realizando una cata de marihuana. En esas circunstancias, cualquiera hubiese huido lo cual, finalmente, siempre explica un presunto afán aventurero.

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