UN CAPRICHO
martes 1 de septiembre de 2009
Un juez holandés ha prohibido a una niña de 13 años dar la vuelta al mundo en barco. La apostilla imprescindible es que la niña pretendía navegar sola y la circunnavegación duraría dos años. El juez entiende que esta heroicidad resulta contraindicada para su edad, a pesar de que la niña nació durante otra travesía alrededor del mundo, vive en un barco anclado en un canal de Amsterdam y su palmarés ya blasona de algún viaje a través del Mar del Norte. Bajo cualquier punto de vista es una criatura mucho más acuática que terrestre, pero se impone la ortodoxia de considerarla un ser indefenso cuya edad exige la protección adulta. Naturalmente, la niña ha sufrido un arrebato de ira contra el juez y no parece envidiable la tarea del tutor designado por éste para velar por su convencional porvenir: su primera menstruación se producirá en tierra firme y no en un archipiélago infestado de tiburones. La historia es en cierto sentido el reverso de la de otro holandés, el errante. En esta ocasión, la holandesa pretende vagabundear por paralelos y meridianos sin ser molestada por un juez empeñado en su rescate. En cuanto al padre (la madre debe de seguir atorada en el Estrecho de Magallanes), intuyo que su secreta aspiración es convencer al tutor para que embarque con su hija y ambos emulen una peripecia tan romántica (fueron necesarios ochenta días para que Phileas Fogg se enamorara) como absurda (¿qué tiene de apasionante rodear un pedrusco?).

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